Por Eduardo García
He caminado por las distintas vías de la terapia. Aquella indomable, traviesa, manipuladora; y esa inocente, poseída, fácil, entregada. He sentido el andar de mis fracasos en la mente, como los años en el cuerpo.
Miro mi reloj de arena, lo miro con recelo, así como sabiendo que se trata de un tesoro anhelado. Una joyita que todo el mundo quiere, pero que solo yo puedo tener. Como diría mi reloj: “un solo dueño, sólo soy tuyo”.
Avanzo por los desiertos matorrales, a treinta y cuatro grados de sensación térmica, con jeans y camisa negra, bajando tres kilos por cuadra. Recorriendo hacia la nada, solo sabiendo que se trata de palabras sin sentido, a las que les busco un destino, una importancia, fallando en el intento.
He caminado por las distintas vías de la terapia. Aquella indomable, traviesa, manipuladora; y esa novedosa, democrática, contradictoria, que me hace olvidar las cosas que digo.
He sentido el andar de mis fracasos en la mente, como si mis días y tus horas fuesen a colisionar en la parada de un tren salvaje.
Miro mi reloj de arena, lo miro con recelo, sabiendo que los días son cortos y que ni cuenta me daré cuanto las canas, las arrugas y el cansancio estremezcan mi cruda carne.
Avanzo por los desiertos matorrales, a treinta y cuatro grados de sensación térmica, con jeans y camisa negra, rejuveneciendo a un ritmo menor al del envejecimiento.
Recorriendo hacia la nada, pero con un destino claro: la reconquista.
Miro mi reloj de arena, lo miro con recelo, así como sabiendo que se trata de un tesoro anhelado. Una joyita que todo el mundo quiere, pero que solo yo puedo tener. Como diría mi reloj: “un solo dueño, sólo soy tuyo”.
Avanzo por los desiertos matorrales, a treinta y cuatro grados de sensación térmica, con jeans y camisa negra, bajando tres kilos por cuadra. Recorriendo hacia la nada, solo sabiendo que se trata de palabras sin sentido, a las que les busco un destino, una importancia, fallando en el intento.
He caminado por las distintas vías de la terapia. Aquella indomable, traviesa, manipuladora; y esa novedosa, democrática, contradictoria, que me hace olvidar las cosas que digo.
He sentido el andar de mis fracasos en la mente, como si mis días y tus horas fuesen a colisionar en la parada de un tren salvaje.
Miro mi reloj de arena, lo miro con recelo, sabiendo que los días son cortos y que ni cuenta me daré cuanto las canas, las arrugas y el cansancio estremezcan mi cruda carne.
Avanzo por los desiertos matorrales, a treinta y cuatro grados de sensación térmica, con jeans y camisa negra, rejuveneciendo a un ritmo menor al del envejecimiento.
Recorriendo hacia la nada, pero con un destino claro: la reconquista.


No hay comentarios:
Publicar un comentario